El sueño de Tut

Juanjo Reinoso, 2010.

I

El crepúsculo abrazaba la superficie de la tierra, mientras el manto luminiscente otorgado por el sol empezaba a desaparecer dando paso a una neblina grisácea y poderosa. Las estrellas, como piedras, aparecían en un cielo perezoso y las colinas coqueteaban con neblinas venenosas. Las formas alargadas les hacían parecer una extensión difusa de una antorcha azotada por un vendaval y eran escoltadas por líneas profundas que dividían su contorno en partes simétricas que se desprendían y volvían a adherirse en un movimiento ondulante. Las brillosas manifestaciones del cielo caído se mantenían en grupos de tres, conservando una pasmosa simetría que dibujaba una malla luminiscente de puntos construyendo una bóveda sobre todo lo visible. Algunos árboles parecieran desprender fuegos fatuos a causa del color rojizo y negro del sendero marcado por el sol. Las cuatro esquinas de la Tierra estaban rojas. 

Masas se agolpaban en vías marcadas, brillantes como estelas de plata. El hedor a confusión diluviaba entre aquellos amasijos de formas, la oscuridad estallaba en todos los rincones del horizonte. Resina goteaba desde el cielo bañando una tierra pestilente; a miedo e ira.


Tut despertó, mientras los rayos matutinos bañaban la columnata lotiforme; parte central de los aposentos. Su respiración entrecortada dejó escapar un silbido, poco después se incorporó junto a la cama en posición sedente. Su vista volaba a través de la abertura acortinada, admirando el Gran Río y la mayor parte de la ciudad de Uaset. Sus dedos acariciaban la delicada tela de su Schenti, única prenda que vestía, sintiendo los pliegues marcados con el rozar de sus yemas.                

Unos pasos se oyeron a través de los muros, su destino era sin duda la habitación de Tut, se detuvieron cerca de la entrada, como si algo impidiera el paso a la columnada sala. Pasaron pocos segundos cuando retomaron su crepitar habitual y una sombra apareció tras los cortinajes translucidos.                

—Hemet Nise Ueret. —Su eco tomó el aposento como un galopar de caballos.                

Con gesto de aprobación el visitante dio media vuelta y desapareció. Tut incorporó su esbelto cuerpo, semejante a un papiro a punto de quebrarse, acarició su cabeza rapada y avanzó hasta el pie de una columna, marcando sus dedos en grabados ceremoniales de coronación, centrándose en el Sejemty, la tiara unificadora del reino. Examinó cada rincón del curioso símbolo leyendo lo que precedía, poco después encarnó una sonrisa desaprobadora.          

El asombro de Tut se manifestó al girarse: dos sombras en la entrada, tras el gran cortinal, esperaban.                

—Hemet Nise Ueret, mi señor. —La silueta exclamó la misma frase, giró sus brazos a la imagen contigua e inclinándose desapareció en la oscuridad de fondo.

—Ank, hoy de nuevo mis sueños me turban —sinceró Tut a la imagen.                

—Tus sueños pronto dejarán de atormentarte joven esposo, la presión del reino y este largo ajuste te agota —contestó apareciendo a la vista de Tut. Una belleza descontrolada brillaba en el rostro de Ank, su tocado negro caía apenas rozando sus hombros y el fondo oscuro de los párpados resaltaba el color turquesa de sus ojos, semejante a una joya de lapislázuli. Un Kalasiri adornaba su silueta, ceñido como una segunda piel de fino lino, explotando aún más su atractivo natural.                

—Necesitas un descanso Tut, puedes desahogar tus responsabilidades en otras personas igualmente cualificadas. Mi abuelo Ay demostró ser un gran administrador en el periodo de vuelta a Uaset desde Akhetaten —desveló con tono preocupante Ank.                

—No son de mi agrado las formas de tu abuelo, es un ser ansioso de poder. Al igual que Horemheb, que por suerte tengo ocupado en la guerra con los Hititas —sentenció.                

Ank no mostró algún asombro a la respuesta de Tut, el saber de sus pensamientos y el parecido físico y divino del padre de ambos devolvió una sonrisa a su rostro.                

—Somos hijos de Aj —rio Tut.

II

La muchedumbre se agolpaba ante una basta construcción de piedra caliza policromada. Las robustas columnas recaían en bases redondas y sus capiteles, en forma de palma, sustentaban un dintel tallado. Un balcón coronaba tan grandioso escenario y desde la pequeñez humana varias formas se asomaban a la inmensidad de Uaset. Tut apoyó su mano en la roca y vislumbró la multitud que invadía los huecos de edificios colindantes. Palpó a Uraeus mientras deslizaba su mano por el Nemes que coronaba, acto seguido la colocó sobre el Horst anclado a sus hombros y agarró la placa dorada del collar pectoral.

Su cuerpo corvado se incorporó de manera casi mágica, sus extremidades pronto tomaron robustez y cruzó los brazos dejando ver a Nejej y Neka. La mancha negruzca empezó a gritar encadenando frases de admiración a su Dios hecho hombre.


El nerviosismo se evidenciaba en Ay, llevando sus pasos hacia la figura musculosa de su hijo Minjat. Frunciendo el entrecejo marchó por el vano lateral hacia un largo pasillo.                

—¿Cuánto más aguantaremos esta farsa? —preguntó Ay sin cruzar miradas. Minjat escuchó, daba su aprobación con gestos serenos. Su cuerpo eclipsaba al de su padre.




III


Los surcos de la Tierra galopaban la superficie como vendavales, rompiendo las rocas en una espuma incandescente. Grandes meteoritos amasaban la superficie, destrozando las esferas luminiscentes en avanzadilla. La corteza marrón se quebraba al paso del grande azul, acunando un baile de vaivenes deformes. Cuerpos mutilados se agolpaban por doquier, los vivientes tornaban su piel brillante y su rostro salvaje: orejas puntiagudas y hocico alargado. Las bestias descargaban su furia sobre formas acuosas que surgían de las profundidades azuladas invadiendo la masa terrestre, explotando hasta convertir su corporeidad en vapor de agua.La lucha se manifestaba en cada rincón visible; engullendo toda construcción bajo la acuosidad de la violencia desgastadora y abriendo sus fauces eliminaba rocas, arcillas, plantas, árboles y cualquier forma que estuviera a su paso.               

El aire viciado reflejaba las luciérnagas que escupe el cielo, atrayendo el día en la noche. Un dios redondo de brillo solear lanza miles de brazos al devastado lugar, abrazando a los supervivientes.               

De nuevo la noche; sólo existe oleaje.



Un grito retumbó en la habitación. Tut secó su frente con la palma de la mano. Saltó del catre corriendo hacia un cofre perdido en el rincón; al abrirlo apareció una tablilla tallada con la imagen de Aten: Un sol con miles de brazos acariciando a los creyentes.                 Recordaba que pertenecía a su padre, siendo el único recuerdo que pudo conservar del traslado de Akhetaten. A los pies de Aten, en talla serena, Aj y su séquito lo admiraban, mientras un largo texto advertía:


«Oh, grandes padres, que después de haber sembrado frutos escogidos sobre una tierra árida e inculta nos habéis abandonado, como flores sin rocío. Guardianes de una tierra en crecimiento, llegue hasta vosotros este canto de espera y dolor. Las mieses ya están maduras, los árboles han crecido produciendo en abundancia. Nuestro deber ha terminado. Los hijos de nuestros hijos, nacidos en el surco de una tierra extranjera, olvidaron vuestra promesa, pero nosotros, fruto de la sabiduría llegada del cielo, no hemos borrado de la mente vuestro rostro y cada día y noche que esta tierra concede, escrutamos atentos las nubes esperando veros volver sobre carros de fuego, a recoger lo que habéis dejado».



IV


Anana, el escriba, ordenaba papiros en estantes cercanos, sus hábiles manos apuntaban en orden la información que sustraía de una pila a su izquierda. El Per Anj reunía toda la información de Uaset extendiéndose en hilera hacia el sur. Unos de los edificios más valiosos de la ciudad. Un halo de luz cortó la oscuridad del pasillo central y el viejo pretendía distinguir, entornando los ojos, la figura alargada que se aproximaba.

Anana llevó su huesuda mano a la frente, pretendiendo tapar la luz inexistente; fue en vano, ya que no pudo distinguir nada hasta tenerlo a pocos pasos.


—Saludos, viejo Anana —adelantó Tut. El viejo no mostró interés, agachó la cabeza siguiendo su labor diaria.

—¿Cuál es el motivo de la visita de nuestro rey? —prosiguió pasando papiros a un cubo alargado.                

—He soñado con el único Dios de mi padre —desveló Tut mostrando una firmeza hierática. Anana levantó una de sus cejas, encorvó la espalda y paralizó sus manos

—A los ojos de los hombres, Dios tiene muchos rostros y cada uno jura ver el único y verdadero, pero se engaña pues todos esos rostros son el de Dios.

El rey temblaba, sucumbía a la confusión de su existencia y no resistía la incógnita de sus sueños. Pareciera que Tut buscara alguna pregunta con sentido.

—¿Qué son estos sueños?

—El hombre revive varias veces, pero sin saber nada de sus vidas pasadas, salvo, en un sueño, cuando el pensamiento le transporta hacia un acontecimiento de una encarnación precedente. Pero lo ignora, no sabe dónde ni cómo se produjo, solo experimenta una sensación familiar —respondió el anciano a la inquietud de Tut.                

El joven monarca dejó caer su peso en el estante donde Anana apilaba decenas de papiros, apartó con la mano un bloque de ellos cruzando la vista con el escriba.

—¿Es mi vida pasada?

—Los hombres no viven solo una vez para desaparecer. Viven varias vidas en lugares distintos y entre cada una existe un velo de tinieblas. —Anana volvió a colocar el bloque de papiros tapando al rey.                

Tut disimulaba la quietud protocolaria de su rango, pero de poco servía su experiencia hacia el hombre más sabio del Per Anj.

—¿Qué vida pasada atormenta mis noches y este sin vivir? —sollozó Tut inmerso en dudas.                

Anana apartó con trabajo un grupo de escritos unidos a un cordel, contaba el número y murmuraba hasta completar la decena.

—Las almas de una encarnación, tal vez se encuentren en otra encarnación y será como su fueran atraídos por su amante, sin que podamos comprender el porqué. —El viejo avanzó acercándose a Tut, tan cerca que podía oír los latidos del escriba. Contempló la estela traslúcida que cubrían sus ojos hasta poder leer su mirada—. Cuando llegue tu fin, todas las puertas se abrirán y podrás contemplar las salas por donde han pasado nuestros pies desde el comienzo del mundo.




V


La noche reinaba en cada rincón de palacio, las habitaciones se mostraban desnudas y decenas de cofres se agolpaban en el vano principal de salida; la sensación de abandono era evidente. Decenas de sirvientes se apresuraban a cargar todas las pertenencias del rey, llevando hacia el exterior todo equipaje apilado.                

Tut apoyaba su hombro contra el muro mientras observaba el baile de idas y venidas. Jugueteaba con varias piedras, pasándolas de una mano a otra.


Minjat invadió, junto a Ay, la tranquilidad de Tut, mostrándose como coloso ante el monarca.

—Minjat, eclipsas la visión de tu rey, agradecería mostraras más respeto hacia el que puede mandar cortar tu cabeza —amenazó Tut hacía la robustez del soldado.                

Ay se iluminó dejando atrás la oscuridad proyectada por Minjat, rezumaba enfado en cada ángulo de su mirar y enrojecía al tono altanero de Tut.

—Intuía la locura de Aj en ti, pero nunca pensé que heredarías la estupidez de Kiya.

—No pretendas estar en posesión de la verdad. No sirve de nada tu labor administrativa antes de mi llegada, ya que sucumbiste al poder de los sacerdotes de Amón llevando de nuevo a Egipto a la mentira.                

—Estas pensando volver a Akhetaten y es mi deber advertir que demasiados intereses nos atan a Uaset. —Ay petrificó su postura ante Tut, esperando las disculpas del rey.                

—¿Qué intereses Ay, los tuyos quizás? Conozco bien tus aspiraciones —profetizó Tut ante la asombrada pose del antiguo administrador. Ay clavó sus ojos en los de Minjat pasando la mano por el hombro de su hijo, dio media vuelta y con pequeños pasos desapareció en la neblina de palacio.


—Soldado, puedes volver sobre los pasos de tu padre y dejar mi calma intacta. No tientes a la suerte, ¡márchate! —ordenó Tut a la imagen esculpida de Minjat. El soldado pareciera ser de piedra, ningún movimiento podía observarse en la calma de la habitación vacía.

Los sirvientes desaparecieron y la noche olía a incógnita. Tut no dejaba de observar el descaro de Minjat y tiró las piedras al cuerpo del guerrero; no provocaron ningún daño a la figura colosal que cada vez se hacía más fuerte. Un puñal brilló en la oscuridad reflejando la figura redonda de la luna. Minjat agarró el cuello de Tut alzando su cuerpo en el aire, poco después insertó el arma en la parte interior de su muslo izquierdo.                

Un escalofrío recorrió cada rincón del monarca, el tiempo transcurría lento y solo observaba la imagen borrosa de Minjat antes de desvanecerse.

                El Gran Río serpenteaba en la llanura verde que precedía al horizonte eterno del desierto. Un sol próximo dejo caer sus rayos; de ellos nacieron manos. La tranquilidad del verdor fue invadida por las formas humanas, al nacer de la luz.Una nueva tierra olía a esperanza, mostrando el fruto de la vida en un páramo muerto.Las llanuras despobladas eran familiares, dibujaban cada recodo de los límites de Akhetaten.

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